¡Hasta siempre comandante!

El 25 de noviembre murió a los noventa años de edad, Fidel Castro Ruz, el líder histórico de la revolución cubana. El gobierno de la isla decretó nueve días de luto nacional, y montó en la Plaza de la República ubicada en La Habana, un pequeño pedestal con las cenizas del ex mandatario, para que los y las cubanas pudieran despedirse del hombre que inició la lucha que a la postre forjó la patria que hoy conocen.

En los días posteriores, llegaron cientos de miles de personas, quizás millones, que colmaron la plaza; fueron filas interminables de personas que bajo el calor abrazador de La Habana montaron tributo y se despidieron de quien fuera su “máximo comandante”. Mujeres y hombres de todas las edades y de distintos países estuvieron ahí, cada una motivación en particular, pero con el mismo objetivo, decir adiós.

La muerte de Fidel Castro, para muchas personas representa el fin de una era, el desenlace de una las historias de vida más apasionantes, contradictorias y legendarias del siglo XX. Bajo esas premisas mucha gente fue arrastrada por la emoción, y el deseo  de querer ser parte de alguna forma de un suceso histórico, darle un  “hasta siempre al comandante”,   una forma encontrarse con la historia, no la de América Latina, ni la del siglo XX o la del Capitalismo y el Socialismo, sino con la propia, la que se fue forjando desde la adolescencia, con el idealismo revolucionario que se conoce en este rincón del mundo.

Durante aquellos días una de las consignas más escuchadas fue ¡Hasta la victoria siempre! Frase icónica tomada del  mensaje de lucha y dignidad con el que Ernesto “Che” Guevara, se despidió en una carta a Fidel Castro antes de partir hacia África en 1965, a seguir con la lucha revolucionaria en otras naciones; la frase reivindica el compromiso y fraternidad que tenía con Fidel Castro y es usada por el pueblo cubano desde hace cincuenta años con el mismo sentido solidario.

Con estás imágenes se registra parte de la despedida que el pueblo cubano hiciera a Fidel Castro. En ellas existe un profundo impacto y las sensaciones a flor de piel que dejó su partida. He aquí pues, el fruto del impulso, deseo y fervor, que un pueblo le confiere a un hombre contradictorio, y único del que el mundo hablará por muchos años más, dejando para la historia su absolución o condena.

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